El 19 de agosto de 1997, mi cumpleaños número catorce, cruzaba la avenida Universal y vi a
Elena, ella me sonrió, yo le sonreí. El carro arrancó y no la volví a ver. Nunca antes me había interesado por una
chica, al menos que yo recuerde. Desde entonces iba a esa avenida los domingos
de mañana, me paraba en la esquina pensando que podría verla cuando compre el
pan, porque en esa esquina había una panadería. Desistí después de unos tres
domingos.
Antes mi casa tenía un balcón, y cada fin de semana me
quedaba viendo la gente pasar a la iglesia que tenemos al frente. Sucedió que
después de cinco años vi a Elena cuando entraba en ese templo; parecía una
virgen, llevaba un vestido color arena, descubiertos sus hombros, delgada,
hermosamente delgada. Fue entonces cuando decidí visitar a la iglesia que tenía
al frente.
Era la “Iglesia
Adventista del Séptimo Día”, así que tenía que asistir todos los sábados para
ser miembro de esa comunidad. Allí conocí a Abraham, un joven de unos veinte
años que me enseñó unas lecciones bíblicas llamadas la “fe de Jesús”; él me daba
los estudios bíblicos en las tardes del sábado.
Los primeros sábados que fui no vi a Elena, entonces pensé que sería una
invitada - así le llaman a las personas
que no son bautizadas, pero que frecuentan la iglesia -, entonces seguro que la
volvería a ver. Poco a poco iba entendiendo cómo eran los ritos y costumbres de
la comunidad adventista y me gustó. Abraham era muy querido y admirado por
todos y pensé que podría tener el mismo éxito que él siendo adventista.
La iglesia organizó las parejas misioneras, o sea pares de hermanos
que deberían acompañarse en su actividad evangelística, y yo quería ser pareja
misionera de Abraham, pero me tocó un chico para más tonto: Eduardo. No me
gustaba Eduardo para nada porque hablaba lento y poco, vestía muy mal y no
estudiaba solo trabajaba ayudando a su padre. Así que hablé con Abraham –
porque él era el líder del grupo pequeño – para que me cambie de pareja
misionera – voy a insistir en decir “pareja misionera” para que esa gente que
busca cosas envenenadas no diga nada luego -, y él me dijo que Eduardo se
estaba reincorporando a la Iglesia y que además que yo no tenía pareja
misionera ya que no era bautizado, la pareja misionera de Eduardo era Abraham.
Ese sábado en la tarde – en la tarde las iglesias
adventistas tienen un programa llamado Jóvenes Adventistas - Eduardo me hizo el
habla.
Antonio, ¿qué tal el estudio? Ha bien – no quería hablarle
porque me parecía aburrido. ¿Qué estudiaron hoy? Acerca del sábado. Ah ya, yo
tengo aquí unos textos que puedo compartir contigo – saca de un maletín negro
una revista y me lo da, y me contento porque pienso que me lo va a regalar -,
te presto esta revista, es acerca del sábado. Gracias… ah… ¡sabes!, el próximo
sábado es mi cumpleaños, ¿quieres venir a mi casa?, te invito a almorzar – se me
ocurrió invitarlo porque mi madre me dijo que invite a mis amigos, pero aún no
tenía muchos amigos. Gracias, ¿qué sí?,
ya entonces te voy a traer algo. No, nada que ver, no tienes por qué.
El 19 de agosto del 2002 fue el sábado más contradictorio de
mi vida. Llegué temprano a la iglesia, me había olvidado de Elena
cuando de pronto la veo entrar. Llevaba en brazos un bebé y a su lado estaba
Eduardo, su esposo.
Son caspitulos¿? Por que son tan cortos, me da hambre .!
ReplyDeleteNo son capítulos, solo pequeñas partes de una historia que se está escribiendo.
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