¿Qué haces Negro? Aquí en cama
todavía, es muy temprano. Sí…, soñé que mi viejo te estaba negreando; ¿qué tal
si nos vamos a bicicletear? Ya. En quince minutos estoy por allá.
Henry se incorpora, se coloca el
buzo negro viejo que a Mario no le gusta que use – pero es lo que tiene -, se
va al baño para hacerse un baño menudencia – remojar cabeza, alas y patas.
Busca el desodorante en sachet que compró hace poco y ya no queda nada, se
coloca.
Mario se levanta, decide no tomar
una ducha – la tomará al regresar -, se pone unos jeans – piensa que el Negro usará
su buzo viejo -, se abriga con una chompa negra a rayas. Baja y camina hacia la
casa de sus viejos, donde vive Henry.
Mario entra a su casa, saluda a
su padre.
Buen día viejo. Buenos días hijo.
¿Qué novedades? Nada, aquí que el Chavo está cada día más travieso. Ese perro,
ya deberían haberlo botado, hasta cuándo lo van a mantener, ni siquiera ladra –
eso lo dice mirando al perro que le está jugando -; voy a salir con el Negro a
bicicletear, me llevo las bicicletas. No vas a desayunar – Nella pregunta desde
su habitación. No mamita, después vuelvo para gorrearte algo.
Mario saca las bicletas, la mejor
de ellas se la da al Negro.
¿Qué fue? Estaba trabajando, pero
ya acabó la obra; ahora solo estoy esperando la llamada de un cliente. Bueno,
ya habrá mejores tiempos; mañana iré al cementerio, ¿no quieres ir? No, para
qué vas al cementerio, los muertos ya nada saben – el Negro se incomoda. De
todos modos iré.
Se van a Santa Anita, allí hay
mejores parques que en San Juan de Lurigancho – esto según el Negro. Cruzan la
Universal, Henry pasa rápido, Mario demora porque ha visto una hermosa niña de
cabellos ensortijados que le ha sonreído.
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